TEOLOGÍA ATEA




Todos los que creen y piensan acerca de lo que creen son teólogos. La teología de todos los creyentes es el fundamento de toda teología académica. ¿Pero eso significa que la teología cristiana no puede ser otra cosa que una “doctrina de fe” auto-relacionada -para hacer eco del título que Schleiermacher le dio a su teología moderna-? ¿Eso significa que sólo las personas que son “creyentes” o “nacidos de nuevo” pueden estudiar y comprender la teología, y que ellos la entienden porque ya están de acuerdo con ella desde el principio?
Ahora bien, la fe es esencial para la teología cristiana, debido a que la teología no se propone ser una teoría acerca de lo Absoluto, desprovista de cualquier tema subjetivo, y que el renacer a una esperanza viva es la apertura subjetiva al nuevo futuro de Dios para el mundo. Pero eso no tiene por qué significar que la teología está allí sólo por los creyentes. Dios no es sólo un Dios de los creyentes. Él es el Creador del cielo y de la tierra, y por eso no es particularista, en la forma en que la creencia humana en él es particularista; él es tan universal como el sol que se levanta sobre malos y buenos, y la lluvia que cae sobre los justos e injustos, y da vida a todo lo creado (Mateo 5:45).
Una teología exclusivamente para creyentes sería la ideología de una sociedad religiosa cristiana, o una esotérica misteriosa doctrina para iniciados. Estaría en absoluta contradicción con el universal estilo de Dios y su revelación pública como el Dios de Israel y el Padre de Jesucristo. No es la teología la que tiene la última palabra. El que sí tiene la última palabra es el Dios único, de quien habla la teología en términos humanos. Ni la tolerancia requerida por los seres humanos, ni la situación multirreligiosa de la sociedad en la que los cristianos existen en la actualidad, pueden reducir la oferta universal del evangelio, y la escatológica invitación a la nueva creación de todas las cosas en Dios.
Desde el siglo 17, los movimientos pietistas han establecido repetidamente el ideal de una teología regenitorum, una teología de los regenerados -el renacer- en la que la conversión personal era el requisito para la teología, y la teología era convertida en una sectaria mentalidad de grupo. Pero esta retirada hacia exclusivas reuniones basadas en la auto-piedad y la auto-aprobación abandonó al “malvado mundo” a su impiedad, y estuvo en desacuerdo con el universalismo misionero del Evangelio. La retirada de la presencia cristiana y de la teología de las instituciones públicas de la sociedad puede -como pretende hacer- preservar la pureza de la identidad cristiana, pero abandona la relevancia del mensaje cristiano. Esta relevancia cristiana no es auto-relacionada. Se relaciona con el reino de Dios, su integridad y su justicia.
La iglesia se trata de algo más que la iglesia. La iglesia es acerca de la vida en la proximidad del reino de Dios, y de la experiencia y la práctica del bien y la justicia de ese reino. Así que la teología cristiana tiene que ver con más que la auto-presentación cristiana en la vida pública. Tiene que ver con la presentación de la vida pública en el horizonte del reino venidero de Dios. La teología cristiana es teología publica. Es la teología pública por el bien del reino. Por lo tanto, debe estar alineada y pensada no solo intratextualmente, sino correlativamente también. Tiene que ser tanto “acorde a las Escrituras" como contextual.
Al resistir la limitación de la teología de los creyentes cristianos, por lo tanto, nos preguntamos: ¿No es cada no creyente que tiene una razón para su ateísmo y su decisión de no creer, un teólogo también? Los ateos que tienen algo contra Dios y contra la fe en Dios por lo general saben muy bien a quién y lo que están rechazando, y tienen sus razones. El libro de Nietzsche, El Anticristo, tiene mucho que enseñarnos sobre el verdadero cristianismo, y la crítica moderna de la religión presentada por Feuerbach, Marx y Freud sigue siendo teológica en su anti-teología.
Más allá de eso, por otra parte, hay un ateísmo de protesta que lucha con Dios como lo hizo Job, y debido a los sufrimientos de los seres creados que claman al cielo, niegan que hay un Dios justo que gobierna el mundo en amor. Este ateísmo es profundamente teológico, en la pregunta teodicea -“si hay un Dios bueno, ¿por qué todo este mal?”- también se encuentra la pregunta fundamental de cada teología cristiana que toma en serio la pregunta del agonizante Cristo a Dios:
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Dostoievski presenta espléndidamente los dos lados de la teología, el lado creyente y el lado escéptico, en dos de los hermanos Karamazov, Alyosha e Iván. Uno sumiso, otro rebelde. La historia que Iván cuenta para ilustrar su rebelión contra Dios es horrible. Un terrateniente de Rusia lanza sus perros sobre un niño pequeño. Lo cazan hasta matarlo, lo desgarran en pedazos ante los ojos de su madre. “¿Qué clase de armonía es esa en la que hay infiernos como este?” acusa Iván y responde: “¿hay alguien en el mundo que podría perdonar, y que tenga permitido perdonar? No me gusta la armonía. No me gusta a causa de mi amor por el mundo. Más bien preferiría mantener el sufrimiento duradero irreconciliable… no es que me niegue a reconocer a Dios, sino que estoy respetuosamente devolviéndole mi boleto para un mundo como ese. Entiéndeme, acepto a Dios, pero no acepto el mundo que Dios ha hecho. No puedo acordar aceptarlo”.
Aquí Ivan no se limita a plantear la cuestión teodicea con su acusación de Dios, la acusación de ¿por qué Dios permite crímenes como este? Él pregunta acerca de la justicia, la culpa y la expiación. Pregunta quien podría perdonar una culpa como esta, y al hacerlo, le da Alyosha la palabra que necesita: “Eso es rebelión. Tú dices: ¿hay un ser en todo el mundo que podría perdonar y se le permita perdonar? Hay alguien, y él puede perdonar todo, todo y a todo el mundo, y por todo, porque él mismo derramó su sangre inocente por todos y todo. Tú lo has olvidado. Es sólo en él que la construcción será hecha (él es la "armonía” del “mundo divino”, el reino de Dios). Podemos lamentarnos ante él: “Justo eres, Señor, para todos tus caminos han sido revelados”.
La protesta del ateísmo allí, la teología de la cruz aquí. La rebelión sobre el “sufrimiento duradero irreconciliable” allí, la reconciliación universal a través del Dios crucificado aquí. En los disimiles hermanos Karamazov, Dostoievski se retrata a sí mismo. Ambos pueden ser encontrados en cada verdadera teología cristiana, la rebelión contra el Dios que permite tanto sufrimiento sin sentido en su mundo, y la fe en el Cristo crucificado. Y a la inversa, la persona que no cree en Dios y su justicia termina no rebelándose mas por el “sufrimiento duradero inexpiado” en este mundo injusto, sino que se acostumbra a él.
La fe cristiana en Dios no es una ingenua verdad básica. Es la falta de fe que ha sido superada: “Señor, creo, ayuda a mi incredulidad”. En la comunidad de fe del Cristo atacado y crucificado la fe crece en los dolores de nuestro sufrimiento y en las dudas de nuestro corazón. Aquí las contradicciones y las rebeliones no tienen que ser suprimidas. Pueden ser admitidas. Aquellos que reconocen la presencia de Dios en el Cristo abandonado por Dios tienen el ateísmo de protesta dentro de sí, pero como algo que han superado. Así que pueden entender a los ateos que no pueden alejarse de su ateísmo más de lo que pueden alejarse de Dios, cuya existencia tienen que negar el fin de ser ateos. La teología cristiana es la teología por el motivo de Cristo, y en Cristo se extiende más allá de las simples alternativas entre teísmo y ateísmo que le corresponden.
En la comunidad de Cristo la justificación de Dios por medio de un “mundo defectuoso”, y el llamado de Dios en cuestión a través del mal y el sufrimiento en este mundo que está tan amargamente viciado, ya no es “la última palabra”. Así que la teología cristiana no pertenece únicamente al círculo de personas que son “conocedores”. Pertenece tanto a las personas que sienten que están “ fuera de la puerta” (como diría Wolfgang Botchert). Un teólogo cristiano no sólo debe llegar a conocer al piadoso y al religioso. Debe conocer a los impíos además, porque él les pertenece también a ellos.


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