COMO PERDER LA FE CUANDO NO SE INVESTIGA CON SERIEDAD



Voy a decirlo ya: 

Perdí mi fe de cristiano-católico leyendo la Biblia 


Pero antes de contar  
Cómo despareció, debo explicar 

cómo fue que la tuve. 


Tal y como sucede tan a menudo, la recibí de un miembro de mi familia cuando aún era un chiquillo. Fui un creyente piadoso du-rante toda mi adolescencia y mi juventud. Piadoso y entregado. Soñaba con re-convertir a tantas almas separadas de la Iglesia y prepararme concienzudamente para luchar contra los ateos. Lu-char, se entiende, con las armas de la elocuencia, de la razón, de la fe. Pertenecí a las Juventudes de Acción Católica de mi Parro-quia, donde comencé a instruirme más fondo en mi religión, y a los 25 años ingresé en un Seminario Diocesano. Allí estudié filo-sofía, teología, derecho canónico, liturgia, etc., etc. Pero nunca estudiamos el Antiguo Testamento detenidamente, solo aparecían en los libros de texto algunos versículos aquí y allá que servían de fundamento a los dogmas, o determinados textos que se leían en los actos de culto. Acabados aquellos estudios, a punto ya de or-denarme sacerdote, dejé el Seminario. No me sentía con fuerzas para llevar una vida célibe, y me angustiaba la idea de traicionar a la Iglesia violando mi juramento de castidad. 
Pasó el tiempo. Yo había vuelto a mi profesión de maestro, que dejé para dedicarme a Dios y su Iglesia, y ahora, tras cinco años retirado del mundo, tuve que zambullirme de nuevo en él. Y en-tonces sucedió: quise leer la Biblia, que sólo conocía a retazos. 
Ahora no recuerdo por qué lo hice. Tal vez fue una obra en el escaparate de una librería. Su título me llamó la atención: "¿Quién escribió la Biblia?". Era un estudio literario, filológico e ideológico del Pentateuco, especialmente, y en ningún momento ponía en duda su sacralidad. Su autor, R. E. Friedman, se había doctorado en teología en la Universidad de Harvard. Deberían leerlo todos los creyentes judíos y cristianos. Aprendí mucho le-yéndolo una y otra vez. Quizás fue aquello lo que me indujo a comprar una Biblia, la de Jerusalén, y comenzar en el Génesis hasta el último versículo de Malaquías, es decir, todo el Antiguo Testamento, la Biblia hebrea. A partir de ahí, volví a leerla, pero en esta ocasión tenía preparadas una serie de fichas en las que iba anotando, por temas, todo lo que encontraba interesante por un motivo u otro. Al mismo tiempo, mi librería preferida, bien surtida por cierto, me aprovisionó de algunos títulos que fueron acumulándose en mi incipiente biblioteca religiosa (para no ma-rear al lector, los he colocado al final de estas confesiones). 
Y aquellas lecturas, aquellos análisis, aquella investigación de-tenida y minuciosa, tanto que pasé en ello más de diez años, en-cendieron en mi mente, en lógica sucesión, el estupor, la extrañe-za, el desconcierto, la duda, el escepticismo y por fin la incredu-lidad. ¿Qué hay en la Biblia que me produjo un trauma de dimen-siones tales como para perder la fe? 
¿Y por qué a la mayoría de los creyentes, que han leído los mismos textos, no les chocan, ni los comentan, ni reflexionan so-bre ellos, ni les inducen a abandonar sus creencias? 
Encontré una explicación a esta última pregunta. 
Los cristianos hemos sido creyentes antes de leer la Biblia. Cuando niños, los mayores de la familia o de la comunidad, nos leen algunos fragmentos, todos ellos capaces de levantar nuestro ánimo y nuestra ánima al Todopoderoso, pero nunca se detienen en los textos conflictivos. Con estos antecedentes, cuando nos acercamos a la Biblia lo hacemos convencidos de que se trata de un libro sagrado, y a un libro sagrado no se le hacen preguntas impertinentes, se acepta en bloque, como una piedra que enviara Dios desde el cielo: Se toca con temor y reverencia, se mira con ojos piadosos, se coloca en un lugar exclusivo, se espera que nos dé fortaleza para hacer la voluntad divina y consuelo ante las ad-versidades de esta vida nuestra. Y pasamos sobre los versículos engorrosos sin captar lo que encubren realmente esas palabras. Es como si la piedra caída del cielo tuviera alguna que otra chafa-rrinada, o una grieta, quizás un trozo desagradable al tacto, nada de eso importa, si es divina hay que aceptarla tal cual y no debe-mos inmiscuirnos en los designios y decisiones de la divinidad. Es-ta es la razón de que los creyentes no estén interesados en hablar de ello. 
En cuanto a mí, como mi profunda religiosidad, por lo visto, no pudo neutralizar del todo aquella curiosidad que siempre tuve, ni mi natural inclinación por la lógica y el raciocinio, ni mi tendencia al examen y a la crítica, sufrí una terrible decepción porque mul-titud de aquellos textos herían brutalmente mi sensibilidad. 
Y eso es lo que deseaba contar aquí. 



(En realidad, lo que viene a continuación es un breve resumen de un texto de unas 300 páginas que escribí como resultado de aquella fatigosa labor a que me he refe-rido. Lo titulé RETRATO de un DIOS, y puede que algún día encuentre un editor que se arriesgue a publicarlo. Los textos que me impresionaron van encuadrados en 21 capítulos temáticos, pero son demasiadas cuestiones para una lectura en Inter-né, de ahí este resumen). 



Todavía una última aclaración. Lo que van a leer es una percepción del Antiguo Testamento desde el punto de vista del mismo Yahvé, tal y como aparece en esos textos, tal y como lo ven los creyen-tes. Es como si, provisionalmente, aceptásemos que existe, al me-nos como personaje central de toda esa intrigante y confusa his-toria. Una explicación más lógica y razonable a la incomprensible imagen divina que aparece en ella la dejaremos para el final. 
Tengan paciencia. 



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UNO. EL PROYECTO DIVINO 




Mi primera sorpresa fue encontrar el nombre de Yahvé. Otras Biblias lo sustituyen simplemente por Dios, o bien el Señor. Luego supe que en los textos originales también se le llama Elohim, plu-ral del dios cananeo EL (En el principio, creó Elohim los cielos y la tierra / (Jacob) erigió allí un altar y lo llamó de EL, dios de Is-rael, Gén 33, 19-20). No se trata de una simple curiosidad, estos nombres conducen directamente a una conclusión: los hebreos aplicaron a Yahvé muchos de los rasgos del dios EL. 



Por otra parte, yo ignoraba que DIOS, única y universal divinidad existente desde siempre, tuviera que luchar duramente para abrirse paso entre los otros dioses de Canaán. Una historia im-presionante. En la Biblia judeo-cristiana se re¬pite, obsesivamen-te, el rechazo que sentía Yahvé por ellos. 



No te postrarás ante ningún otro dios, pues Yahvé se llama Ce-loso, es un dios celoso (Ex 20, 5 y 34, 14 / Deut 4, 24 y 6, 15) 



Has ido a hacerte otros dioses, imágenes fundidas, para irri-tarme (1Reyes 14, 9) 



Se hacen libaciones en honor de otros dioses para exasperar-me. ¿A mí me exasperan esos? ¿No es a sí mismos, para vergüen-za de sus rostros? (Jer 7, 18-19 / ver también 11, 17 / 16, 26 / 32, 39/ y 44, 2-3). 



Los salmos colocan a Yahvé por encima de otras deidades, sin ne-garlas: 



Entre los dioses, ninguno como tú, Señor, ni obras como las tu-yas (Salmo 86, 8) 



Yahvé es un dios grande, un rey grande sobre todos los dioses (Salmo 95, 3) 



¡Que se avergüencen los que sirven a los ídolos, los que se glo-rían de vanidades; se postran ante él todos los dioses (Salmo 97, 7) 



Bien sé yo que es grande Yahvé, nuestro Señor, más que todos los dioses (Salmo 135, 5) 



Y Yahvé muestra su divina arrogancia: 



¿Quién como yo? Que se levante y hable, que se anuncie y ar-gumente contra mí. (Is 44, 6-7) 



¡Basta ya; sabed que yo soy Dios, excelso sobre las naciones, sobre la tierra excelso! (Salmo 46, 11) 



Yo soy el primero y el último, fuera de mí no hay ningún dios. 
(Is 44, 6). Esta idea se repite en Deut 4, 35s / Sab 12, 13 / Is 45, 5 / 



Mani¬festaré mi grandeza y mi san¬tidad, me daré a conocer a los ojos de numerosas naciones, y sabrán que yo soy Yahvé. (Ez 38, 22-23). 



Pero Yahvé confunde a los dioses con sus imágenes, llama "dio-ses" a los ídolos modelados por manos humanas, y esto le permite sentirse inmensamente superior. Esta es la razón de que prohíba a los suyos representarlo, para evitar la tentación de que sus gentes hicieran comparaciones con los otros dioses. Un dios así, que no ocupa un espacio ni tiene forma alguna, es algo más serio, misterioso, espiritual y lleno de poder que una vulgar estatua. Es-ta circunstancia (la confusión entre divinidad e imagen) fue deci-siva para considerar a Yahvé como único. Si los otros no eran dio-ses (puesto que eran imágenes), no había más dios que Yahvé. 
(No obstante, en cierto modo, el dios hebreo se parece a aquellos ídolos paganos, solo que se trata de un ser vivo. Yahvé tiene manos (tomó barro con ellas y con ellas modelo a Adán), tiene pies y piernas (los primeros padres escucharon sus pa-sos en el Edén, cuando paseaba a la hora de la brisa), y, como nosotros, espaldas (se las enseñó a Moisés: "…luego apartaré mi mano para que veas mis espaldas…Ex 33, 18-23), etc.) 



De todos modos, está decidido a terminar con la idolatría, y para ello no duda en acudir a la pena de muerte. 



Si hay alguien en medio de ti hombre o mujer, que vaya a ser-vir a otros dioses, sacarás a ese hombre o mujer a las puertas de la ciudad y los apedrearás hasta que mueran (Deut 17, 2-5). 



Si tu hermano, tu hijo o hija, la esposa que reposa en tu seno o el amigo a quien esti¬mas como a ti mismo, trata de seducirte en secreto diciéndote: Vamos a servir a. otros dioses., no accederás ni le escucharás, no le perdonarás ni le encubrirás, sino que de¬berás matarle; tu mano caerá la primera sobre él para dar¬le muerte, y después la mano de todo el pueblo. Le apedrearás has-ta que muera, porque trató de apartarte de Yahvé. (Deut 13, 7-11) 



Y ese terrible castigo amenaza a ciudades enteras: 



Si oyes decir que en una de las ciudades que Yahvé te ha dado, algunos hombres malva¬dos han seducido a sus con¬ciudadanos di-ciendo: “Vamos a dar culto a otros dioses”, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad, amontonarás todos sus despo¬jos en la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahvé. Quedará para siempre convertida en un montón de ruinas y no volverá a ser edificada. (Deut 13, 13-17) 



Porque abandonaron a Yahvé, su dios, y han seguido a otros dio-ses, se han postrado ante ellos y los han servido, por eso ha hecho venir Yahvé todo este mal sobre ellos. (1Reyes 9, 7-9) 



Moisés les advierte una y otra vez: 
Cuidad que no se pervierta vuestros corazón y os descarriéis dando culto a otros dioses, pues la ira de Yahvé se encendería sobre vosotros… (Deut 11, 16-17, también en 4, 25-27; 8, 19-20, etc) 



Pero si el lector quiere entender en profundidad la actitud de Yahvé, debe leer todo el capítulo 28 del libro llamado Deutero-nomio, donde aparecen las bendiciones que enviará a su pueblo si obedece su ley (catorce versículos), y las maldiciones (cincuenta y cinco versículos) si no la respeta. Estas últimas son sencilla-mente escalofriantes debido a su retorcida crueldad. 



Parece que aquella fobia contra los otros dioses se debía a que no se iba a conformar con ser el único en Canaán. El proyecto divino abarcaba la idea de convertirse un dios universal: 



Y vendrán pueblos numerosos y naciones poderosas a buscar a Yahvé en Jerusalén (Zac 8,22). 



Y será Yahvé rey sobre toda la tierra: ¡el día aquel será Yahvé único y único su nombre! (Zac. 14, 9) 



Ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Yahvé hay victoria y fuerza! (Is 45, 23) 




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DOS. YAHVÉ ELIGE UN PUEBLO y LO CONDUCE a CANAÁN 




Y esa fue, su anhelo de universalidad, la razón última de que eli-giera a un pueblo para sí. O mejor, a un líder y una casta sacerdo-tal. (No olviden esto último: la casta sacerdotal es uno de los ele-mentos importantes de toda la historia bíblica). 



Es curioso que estas escrituras nos den una confirmación de lo que sucede en la realidad: Ningún dios puede conquistar, por sí mismo, el corazón de los humanos. La Historia nos ha demostrado que somos nosotros, o mejor, un líder al que sigue una casta sa-cerdotal, quienes hacemos la labor de proselitismo. Yahvé no tuvo más remedio que recurrir a los humanos para imponerse. 



Vosotros sois mis testigos y mis siervos a quienes elegí para que se me conozca y se me crea por mí mismo y se entienda que yo soy (Is 43, 10) 



Te voy a poner por luz de las gentes para que mi salvación al-cance hasta los confines de la tierra. (Is 63, 8) 
(El concepto de "salvación" tiene en las Escrituras hebreas varios significados. Yahvé puede salvar a su pueblo de los enemigos, de los injustos, impíos, mentirosos, perseguidores, de la muerte, de la pobreza. Y, especialmente, los salvó de Egipto. Isaías generaliza: Fue él su salvador en todas sus angustias ((Is 63, 8). Pero si indagamos en profetas como el mismo Isaías, y Jeremías, Zacarías y Sofonías, el concepto aparece más claro: la salvación consiste en librar a su pueblo, y al resto de las naciones, de las otras divinidades). 



Así fue cómo se dio a conocer, por medio de Moisés, a los he- breos (que vivían en Egipto desde hacía mucho tiempo) e hizo un pacto, una Alianza, con ellos: Yo seré vuestro Dios y vosotros se-réis mi pueblo. Los sacó de Egipto (en¬viando allí terribles plagas y ma¬tando sin contemplaciones a los primogénitos de todas las fa-milias) y los condujo, bajo el mando de Moisés, hasta la tierra de Canaán, donde debía ser adorado para siempre en el Templo de Jerusalén. 



Tras la salida de Egipto, Yahvé condujo a su pueblo a través del de¬sierto de Sinaí durante cuarenta años. Allí veló por todos ellos con extraordinarios prodigios y les dio numerosas leyes. Pero también los trató con mano dura e inflexible, sin privarse de ma-tar a muchos de ellos llevado de su cólera. 



- Nadab y Abihú, sobrinos de Moisés, murieron a manos de Dios por haberle ofrecido incienso sin que él se lo hubiese pedido: Ba-jó del cielo un fuego devorador y murieron delante de Yahvé. 
(Lev 10, 1-3) 



- A María, hermana de Moisés, la dejó leprosa por murmurar acerca de su cuñada: Se encendi6 la ira de Yahvé y he aquí que María estaba leprosa, blanca como la nieve. (Num 12, 9-10). 
(Por intersección de Moisés el castigo se redujo a una semana). 



- El desierto del Sinaí no era un lugar propicio para encontrar comida. Dios les enviaba el maná, la semilla de una planta que se cría en aquellos lugares. Pero los hebreos se cansaron de no co-mer otra cosa y se lamentaron ante Moisés para que les propor-cionara carne. Yahvé accedió, pero bastante cabreado: Yahvé os va a dar carne. No un día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte, sino un mes entero, hasta que os salga por las narices y os dé náuseas (Num 11, 18-20). 
Entonces apareció una bandada de codornices y todos comieron. Pero... todavía tenían la carne entre los dientes cuando se encen-dió la cólera de Yahvé contra el pueblo y le hirió con una plaga muy grande. Se llamó a aquel lugar Quibrot-hat-Taavá, porque allí sepultaron a aquella gente golosa. (Num 11, 33-34) 



- En otra ocasión, volvió el pueblo a sublevarse contra Moisés. Yahvé les envió una plaga que mató a 14.700 personas (Num. 17, 14) Y cuando en la región de los moabitas, los hebreos ado¬raron a su dios Baal, Yahvé ordenó despeñar a todos los jefes y envió contra el pue¬blo una plaga que acabó con 24.000 personas (Num. 25, 1-9). 



- Moisés recibe las tablas de la Ley en el monte Sinaí, pero al ba-jar, encuentra a todo el pueblo cantando y bai¬lando alrededor de un becerro de oro, del que decían que era la ima¬gen de Yahvé. Moisés, lleno de ra¬bia, llamó a los levitas, que eran sacerdotes, y exclamó: 
Así dice Yahvé: 'Cíñase cada uno su espada al costado; pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta y matad cada uno a su hermano, a su amigo y a su pariente'. Cumplieron los hijos de Leví la orden y cayeron aquel día unos tres mil hombres. 
(Ex 32, 27-29). 



- Estando ya los hebreos cerca de Canaán, Yahvé quiso que fuese un grupo a explorar el país. Todos eran jefes entre los israelitas. A su re¬greso, contaron a Moisés que era imposible derrotar a aquellos pue¬blos, pues eran verdaderos gigantes. La comunidad se asustó y comen¬zaron todos a llorar y a gritar. Sólo Josué y Caleb animaron a la gente a seguir. Sólo Josué y Caleb se sal¬varon de la cólera divina: los demás que estuvieron en la explo¬ración del te-rritorio enemigo 'mu¬rieron delante de Yahvé' por dar informes negativos. El pueblo que se había asustado fue condenado a no entrar en la Tierra Prometida: 



Por haber murmurado contra mí, en este desierto caerán vuestros ca¬dáveres. Os juro que no entraréis en la tierra en la que juré estableceros. En este desierto serán exterminados: en él han de morir" (Num 14, 29 y 35). 



- En cierta ocasión encontraron a un hombre que buscaba leña en día de sábado. Moisés consultó a Dios qué debían hacer con él. Yahvé dijo a Moisés: Que muera ese hombre. Que lo apedree to-da la comunidad fuera del campamento. (Num 15, 32-36 / Ex 31, 14-15) 
Toda la comunidad lo apedreó hasta morir. 



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TRES. LA LOCURA DE LA GUERRA SANTA 




Los hebreos llegan por fin a la tierra prometida. Cerca ya del Jordán, Yahvé había dicho a Moisés: 
Cuando paséis el Jordán hacia Canaán, arrojaréis delante de vosotros a todos los habitantes del país…Os apoderaréis de la tierra y habitaréis en ella, pues os doy a vosotros todo el país en propiedad. (Núm. 33, 51s) 
Guárdate de hacer pactos con los habitantes del país en que vas a entrar. No emparentarás con esas naciones. Por el contra-rio, demoleréis sus altares y prenderéis fuego a sus ídolos. 
(Éxodo 34, 11s) 



Pero esa promesa de entregar a los hebreos una tierra que sería suya para siempre despreciaba el hecho de que aquel territorio esta¬ba habitado, desde tiempo inmemorial, por numerosas tribus de otros pueblos. La Biblia los menciona con de¬talle: amorreos, cananeos, hititas, perezeos, jiveos, yebuseos… 



Y aquí aparece la locura de una guerra provocada y dirigida por el mismo Dios. 




Un guerrero es Yahvé: Yahvé es su nombre (Libro del Éxodo) 
Él expulsa delante de ti al enemigo y dice: ¡Destruye! 
(Deuteronomio) 
¿Quién es ese rey de la gloria? Yahvé de los ejércitos, él es 
el rey de la gloria (Salmo 24) 




Sin tener en cuen¬ta los derechos adquiridos de toda aquella gen-te, Dios incita a los hebreos a una lucha despiadada contra ellos: 



Has de saber que Yahvé tu dios es quien va a pasar delante de ti como un fuego devorador que los destruirá y te los someterá, para que los desalojes y los destruyas rápidamente como te ha dicho Yahvé. (Deut 9, 3) 



Yahvé como un bravo sale, su furor despierta como el de un guerrero; grita y vocifera, contra sus enemigos se muestra vale-roso. (Is 42, 13) 



Cuando Yahvé tu Dios te entregue esas naciones y las derro-tes, las consagrarás al anatema. No harás alianza con ellas, no les tendrás compasión (Deut 7, 2). 



El anatema significa la renuncia a todo el botín, que pertenece a Dios: se da muerte a los animales y a los hombres, y los objetos preciosos son entregados al santuario. La matanza es un acto re-ligioso, una ordenan¬za de la guerra santa, o un voto para asegu-rarse la vic¬toria. Las propias palabras de la Biblia no necesitan co¬mentarios. 



- Nos apoderamos de todas sus ciudades y las consagramos al anatema, con hombres, mujeres y niños, sin dejar superviviente. (Deut 2, 33). 



- Yahvé entregó en nues¬tras manos también a Og, rey de Ba-sán, con todo su pueblo. Le batimos hasta no dejar ni un super-viviente. Luego nos apoderamos de todas sus ciudades, setenta ciudades…Las consagramos al anatema, como habíamos hecho con Sijón: anatema a toda la ciudad, hombres mujeres y niños (Deut 3,3-6) 



- El mismo día, Josué tomó a Maquedá y la pasó a filo de es-pada, a ella y a su rey. Los consagró al anatema con todos los se-res vivientes que había en ella. No dejó en ella ni uno solo con vida (Josué 10, 28) 



- Cuando Israel acabó de matar a todos los habitantes de Ay en el campo y en el desierto, todo Israel volvió a Ay y pasó a su población a filo de espada. El total de los que cayeron aquel día, hombres y mujeres, fue de doce mil. (Josué 8, 24-25). 



- Yahvé los entregó (a to¬dos los reinos del norte) en manos de Israel, que los batió y persiguió hasta no quedar uno. (Josué 11, 8) 



- Dijo (el profeta) Samuel a Saúl: "Esto dice Yahvé de los ejércitos: Vete y castiga a Amalec, no tengas compasión de él, mata hombre y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos. (1Sam 15, 1-3) 



Pero la locura guerrera de Dios llega a su colmo en es¬ta frase aterradora: 



Tan cierto como que he de vivir eternamente, cuando afile el rayo de mi espada tomaré venganza de mis enemigos, y daré el pago a quienes me aborrecen. Em¬briagaré de sangre mis sae¬tas, y mi espada se saciara de carne: sangre de muertos y cautivos, ca-bezas de los caudillos enemigos. (Deut 32, 40-42) 



Ante estas palabras, comencé a preguntarme: ¿Qué dios es éste? 
La respuesta era muy sencilla, pero tardé en encontrarla. 





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CUATRO. EL FUROR de YAHVÉ 






Yahvé, para hacerse un sitio entre los dioses y anularlos a todos, se convir-tió en un dios colérico y sanguinario. Los textos lo dicen todo: 



- He aquí que mi ira y mi saña se vuelca sobre este lugar (por haber adorado a la diosa Istar), sobre hombres y bestias, sobre los ár-boles del campo y el fruto del suelo; arderá y no se apagará. (Jer 7, 20) 
Miguel Ángel supo captar el mal genio de Yahvé 



- He aquí que Yahvé en fuego viene y como torbellinos son sus carros para desfogar su cólera con ira y su amenaza con llamas de fuego. (Is 66, 15) 



- Mirad que una tormenta de Yahvé ha estallado; sobre la ca-beza de los malos descarga. No ha de apaciguarse su ira hasta que la ejecute y realice los designios de su corazón. (Jer 23, 19-20) 



- Voy a desencadenar en mi furor un viento de tormenta, una lluvia torrencial habrá en mi cólera, granizos caerán en mi rabia destructora (Ez 13, 13) 



- Si no obedeces a la voz de Yahvé tu Dios, Yahvé hará que se te pegue la peste, te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación, de gangrena, que te perseguirán hasta que perezcas. Los cielos sobre tu cabeza serán de bronce, y la tierra bajo tus pies será de hierro. Hará que caigas derrotado ante los enemigos. Tu cadá-ver será pasto de todas las aves del cielo y de todas las bestias de la tierra, sin que haya nadie que las espante. (Deut 28, 15-28) 



- Pisoteé a pueblos en mi ira, los pisé con furia e hice correr por tierra su zumo. (Is. 63, 6) 
(Esta sangrienta imagen recuerda un texto encontrado en Ugarit en el que la diosa Anat mata a sus enemigos: Se hunde hasta las rodillas en la sangre de los soldados, hasta el cuello en la sangre de sus compañeros. Hasta que se sacia lucha en la casa). 



- Yahvé de los Ejércitos pasa revista a sus tropas de comba-te…Todo el que fuere descubierto será traspasado, y todo pri-sionero caerá por la espada. Sus pár¬vulos serán estrellados an-te sus ojos, serán saqueadas sus casas y sus mujeres violadas. Machacarán a todos los muchachos, estre¬llarán a todas las mu-chachas, del fruto del vientre no se apia¬darán ni de las criaturas tendrán lástima sus ojos. (Is 13, 4, 15-16, 18; se trata de pueblos enemigos) 



- Le castigaré (a Gog) con la peste y la sangre, haré caer una lluvia torrencial, granizo, fuego y azufre sobre él, sobre sus tro- pas y sobre los numerosos pueblos que van con él. Mani¬festaré mi grandeza y mi san¬tidad, me daré a conocer a los ojos de numero-sas naciones, y sabrán que yo soy Yahvé. (Ez 38, 22-23). 



- Él quebrantará a los reyes el día de su cólera; juzga a las na-ciones, amontona cadáveres, cabezas quebranta sobre la tierra inmensa. 



De esa ira terrible no se libraron los mismos israelitas: 



- Onán, a la muerte de su hermano se ve obligado por la Ley a darle hijos a su cuñada, pero se negó (porque esos hijos nunca serían suyos) evitando que su semen llegara a la vagina de ella. Dios mis¬mo lo mató por desobedien¬cia a la Ley. (Gen. 38, 6-10) 



- Los filisteos robaron el arca de la alianza a los he¬breos, pero acabaron devol¬viéndola sobre una carreta ti¬rada por bueyes. Al llegar a territorio hebreo, algunos no se alegraron (no se sabe por qué). Yahvé castigó con la muerte a setenta israelitas. (1Sam. 6, 19) 



- El Arca sigue su camino. Un tal Uzzá iba a su lado para evitar que volcara, pero, en un bache, el Arca está a punto de caer. Uz-zá alargó los bra¬zos para evitarlo, pero a Yahvé no le gustó: se encen¬dió la ira de Yahvé y cayó muerto allí mismo. (2Sam. 6, 1-7) 



- El rey David bailó de alegría delante del Arca. Pero llevaba tan poca ropa que, con los saltos, se le veía todo. Su esposa Mikail le reprochó tal conducta y por tan simple hecho Yahvé la dejó esté-ril para siempre. (2Sam. 6, 14-23) 



- David se enamoró de Betsabé, casada con Urías. El rey lo envió al frente de batalla para que mu¬riera. Yahvé, irritado, lo cas¬tigó... ¡haciendo que muriera el hijo que había tenido con Betsa-bé!. (2Sam 12, 11-14) 



Algunos profetas si¬guieron el ejemplo de su dios. Elías degolló con sus propias manos a 450 profetas de Baal. En otra ocasión, el rey Oco¬zía intentó consultar a Baal, pero Elías se lo impidió. El rey, arrepentido, le envió cin¬cuenta soldados para que fue¬ra a verle. Elías los quemó con fuego que hizo bajar del cielo. Igual hizo con otros cin¬cuenta que le envió el rey. (2Reyes 1) 



Un grupo de niños se reía del profeta Eliseo. El hombre no .estaba para bromas y, con el poder de Dios que tenía, hizo que dos osos salieran del bosque, los cuales destroza¬ron a cuarenta y dos de aquellos niños. (2Reyes 2, 23-24) 



La incontrolada ira de Yahvé llega al colmo en la increíble historia del "hombre de Dios" y el profeta, que se narra en el libro prime-ro de los Reyes. Jeroboán, rey de Israel, en el norte, había orde-nado construir santuarios a Yahvé en la ciudad de Betel, pero con imágenes de becerros o toros jóvenes de oro. Yahvé le envió a un "hombre de Dios" que le reprochó su conducta y una vez cumplida su misión, se volvió por otro camino, porque Yahvé le había dado una extraña orden: "No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que has ido". Andaba, pues, el hombre de Dios, de vuelta a su casa, cuando un anciano profeta que vivía en Betel, en¬terado de la visita que ese había hecho al rey, le salió al encuentro y le invitó a su casa a descansar y comer al¬go. El hom-bre de Dios se negó rotundamente, alegan¬do las órdenes divinas que había recibido. El anciano profeta le cuenta entonces al hom-bre una solemne men¬tira: "Yo también soy profeta y un ángel me ha ordenado, de parte de Yahvé, que vengas a mi casa para que comas y bebas agua". Cabe la posibilidad de que se tratase de una prueba, pero aun así no se concibe que se lleve a cabo por medio de un embuste El caso es que hombre de Dios cayó en la trampa, se fue con el profeta, comió y bebió. El anciano profeta esperó pa¬cientemente a que el otro terminara, y entonces, obe¬deciendo la voz de Yahvé, le espetó: "Por no haber obedecido a Yahvé, tu cadáver no entrará en la tumba de tus padres". Se levantó, le preparó un asno al hom¬bre de Dios y lo despidió a la puerta de su casa. Pero en el camino se encontró con un león, que le mató. 
(1 Reyes 13, 1-30). 



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CINCO. ORACIONES para PEDIR CASTIGOS 




Los salmos, esos hermosos poemas que han consolado a miles de personas, pueden ustedes utilizarlos para pedir a Dios que cas-tigue a determinadas individuos considerados inde¬seables. 



- Quiebra el brazo del impío, del malvado; indaga su impie¬dad sin dejar rastro. (Salmo 10, 15) 



- Lluevan sobre los impíos brasas y azufre, y un viento abrasa-dor por porción de su copa. (Salmo 11, 6) 



- ¡Confusión sólo para los impíos, que bajen en silencio a la tum-ba! (Salmo 31, 18) 



- Que el mal caiga sobre los que me acechan, Yahvé; por tu ver¬dad, destrúyelos. (Salmo 54, 7) 



- ¡Oh, Dios, mátalos, no se ol¬vide mi pueblo! sacúdelos con tu po-der, derríbalos, oh Señor, es¬cudo nuestro! ¡Suprime con furor, suprímelos, no existan más! (Salmo 59, 12-14) 



- Los que tratan de perder mi alma caigan en las honduras de la tierra/ Sean pasados al filo de la espada, sirvan de presa a los chacales. (Salmo 63, 10-11) 



- ¡Derrama tu enojo sobre ellos; que los alcance el furor de tu cólera! (Salmo 69, 25-26) 



- Cubre su rostro de ignominia para que busquen, oh Yahvé, tu Nombre. Sean avergonzados y aterrados para siempre, queden confusos y perezcan, para que sepan que sólo tú tienes el nombre de Yahvé! (Salmo 83, 14-19) 



- Hija de Babel, devastadora, feliz quien te devuelva el mal que nos hiciste, feliz quien agarre y estrelle contra la roca a tus pe-queñuelos. (Salmo 137, 8-9) 



- Llueva sobre ellos carbones encendidos, en el abismo hundi¬dos no se levanten más; el des¬lenguado no más en la tierra perdure, el mal persiga a muerte al hombre violento. (Salmo 140, 11-12) 



La relación podría hacerse interminable. 
Me resultaba imposible imaginar que los autores de los salmos encerraran tanto odio en su corazón. ¿Y el amor a los enemigos? Eso es cosa de Jesús, hijo de Yahvé, que vino a enmendarle la plana a su padre. Por lo visto. 
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SEIS. LA PENA de MUERTE 




Después de tanto luchar para erradicar la pena de muerte, y lo que aún nos resta, nos enteramos que es Dios mismo quien la im-pone para diversas formas de trasgresión, trasgresiones a veces tan absurdas que resultan inconcebibles. Si hoy obedeciésemos a la Biblia, ejecutaríamos a miles de personas diariamente. 



- Quien blasfema el nombre de Yahvé será muerto. 
Toda la comunidad le lapidará. (Lev. 24, 14) 



- El que hiera mortalmente a otro hombre, morirá. (Ex.21, 12) 



- Quien pegue a su padre o su madre, los trate sin respeto o los maldiga, será muerto sin remedio. (Ex. 21, 13 y 17) 



- A la hechicera no dejarás con vida. (Ex. 22, 17) 



-Todo el que peque con ¬bestia, sea hombre o mujer, morirá. 
Mataréis también a la bestia. (Lev. 20, 15) 



- Si un hombre comete adulterio, serán muertos tanto él como ella. (Lev, 20, 10) 
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- Si un hombre se acuesta con su nuera, ambos morirán. (Lev. 20,12) 



- Si alguien se acuesta con varón como se hace con mujer, mori- rán los dos sin remedio. (Lev. 20, 13) 



- Si alguien toma por esposa a su hermana, serán extermi¬nados. 
(Lev. 20, 17) 



- El que se acueste con mujer cuando tiene la regla, ambos serán exterminados. (Lev. 20, 18) 



- Si un hombre tiene un hijo rebelde y díscolo, que no escucha la voz de sus padres, aun siendo castigado, sus conciu¬dadanos le apedrearán hasta que muera. (Deut 21, 18-21) 



En la página 6 (Deut 17, 2-5 / 13, 7-16) vimos los castigos que mere-cen quienes hacen ofrendas a los dioses, no sólo los individuos si-no incluso ciudades enteras. 
La verdad es que, en cuanto a castigos o amenazas de castigos terribles, la Biblia hebrea está repleta de ellos. Incluirlos todos supondría reproducir una parte muy considerable de todos sus textos. 



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SIETE. ETCÉTERA 




Sería demasiado farragoso aludir a otros temas controvertidos, pero no quiero dejar de hacer referencia a algunos de ellos. Por ejemplo: 
Descubrí que Yahvé creó el cielo y la tierra siguiendo un esquema de origen pagano: antes de hacerlo tuvo que vencer a los mons-truos del caos (Gen 1, 2: La tierra era algo caótico y vacío: tohu y bohu en el texto hebreo; tohu, con idéntica raíz, en hebreo, que Tehemot, que se corresponde con Tiamat, el monstruo primordial babilónico; bohu, relacionado con Behemot del libro de Job). Y que la creación "de la nada" sólo aparece en 2Mac 7, 28, donde se añade que del mismo modo, de la nada, ha llegado el género humano a la existencia, así que a los dogmáticos no les sirve de nada ese texto. 
Descubrí que condena la magia y, sin embargo, ordena que lo hagan algunos sacerdotes (Num 5, 11-31 y 19, 1-10 / 2Reyes 13, 14-19; etc.). 
Que la idea de un cielo y un infierno no aparece en la Biblia hasta el Eclesiastés, unos 300 años aC, y Daniel, un siglo y medio más tarde, cuando los israelitas ya han vuelto de su deportación a Ba-bilonia, en donde la habían copiado de los persas (Hasta entonces, habían estado convencidos de que premios y castigos se alcanza-ban aquí, y de que sólo existía el seol, donde iba todos, buenos y malos). 
Que suele hablar solo, para sus adentros, "en su corazón", (Gen 3, 22-23 / 5, 7 / 11, 5-8 / 18, 17-21) Pregunta: Si hablaba para sí mismo, ¿cómo se ha sabido lo que decía? 
Que las mujeres quedan impuras a causa de la menstruación (Lev 15, 19) y por el hecho de parir; más impuras si parían una niña que si daban a luz un niño (Lev 12, 1-5), y el semen de los varones tam-bién los dejaba impuros a ellos (Lev 15, 2: se habla de la blenorragia, pero según la Biblia de Jerusalén también el simple derrame seminal, porque "todo lo que se refiere a la fecundidad y la reproducción es sagrado"(?), y estas impurezas se transmiten a las personas u objetos con los que entran en con-tacto (Lev 15 entero) Debido a este concepto de la sexualidad, siempre enredado con la impureza, los hebreos desarrollaron la idea de la maldad congénita del ser humano. Ver Job 14, 1 y 3-4 / 15, 14 y 25, 4 / Salmo 51, 7). 
Que no existe "el demonio", sino infinidad de ellos. 
Que a Yahvé le agradaba, y le calmaba, la sangre derramada, y la carne quemada en los altares, de centenares de animales. (Lev des-de el capítulo 1 hasta el 7 y el 23; en Num 28, 2 se le llama "mi alimento") Es muy puntilloso: los cojos, ciegos, jorobados o con un pie o una mano rota no pueden ser sacerdotes (Lev 21, 17ss). Si sumamos las reses sacrificadas diariamente, las ofrecidas en las fiestas y las de las diferentes clases de sacrificios, suman más de mil al año. (Ver Num 28: 9, 11, 19,27 / y 29: 2, 8,12-38). 



Y no es posible referirse aquí al lugar, o los lugares, en donde vi-ve Yahvé, a los diferentes nombre con que aparece (todos deri-vados del dios EL), de los monstruos, gigantes y genios, ni de las diferentes y extrañas formas con las que Yahvé se comunica, etc. 
Lo siento, porque todos esos temas son muy instructivos. 





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OCHO. DIOS MINTIÓ A SU PUEBLO 




Yahvé prometió al Rey David que de él habría de nacer una dinas-tía de reyes que reinaría para siempre. Fue realmente larga, cua-trocientos años. Pero al cabo de ese tiempo desapareció cuando los asirios destruyeron Jerusalén y deportaron a su úl¬timo mo-narca. 



El pueblo hebreo fue invadido, derrotado y sojuzgado muchas ve-ces en su historia. Yahvé Dios, por medio de sus profetas, les prometió en numerosas ocasiones proporcionarles una era de fe¬licidad extraordinaria, en la que ellos, los hebreos, serían los se¬ñores de todas las naciones co¬nocidas, las cuales vendrán a Jeru-salén a rendirle pleitesía a Yahvé. En Isaías hay frases como és-tas: 



Los mayores transmiten las creencias en todas 
las religiones 



Caminarán las naciones a tu luz (se refiere a Jerusalén), y los reyes al resplandor de tu alborada. Vendrán a ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones. Subirán en holocausto agra-dable a mi altar, y mi her¬mosa casa hermoseará aún más. Hijos de extranjeros construirán tus muros, y sus reyes se pon-drán a. tu servicio. Abiertas estarán tus puertas de continuo pa-ra dejar entrar las riquezas de las na¬ciones traídas por sus re-yes. Pues las naciones que no se sometan a ti, perecerán. Acudi-rán a ti en¬corvados los hijos de los que te humillaban, se postra-rán a tus pies los que te menospreciaban. 



Te nutrirás con las riquezas de las naciones, con las riquezas de los reyes serás amamantada, y sabrás que yo soy Yahvé, tu salvador. Yo, Yahvé, he hablado, a su tiempo me apresuraré a cumplirlo. 



Y vendrán pueblos numerosos y naciones poderosas a buscar a Yahvé de los Ejércitos en Jeru¬salén (Zacarías) 



No se trata sólo del triunfo de los hebreos sobre las otras na¬ciones, sino de que en ese futuro se realizará el deseo de Yahvé de ser el Dios de todos los pueblos. 



Tampoco se cumplieron otras promesas maravillosas: 



Sucederá aquel Día que los montes destilarán vino nuevo, y las colinas fluirán leche; por todas las torrenteras de Judá flui-rán las aguas y una fuente manará de la Casa de Yahvé que regará el valle de las Acacias. Judá será habitada para siempre, y Jeru-salén de edad en edad. (Joel) 



Habitarán en seguridad y no se les turbará más. Haré brotar para ellos un plantío famoso; no habrá más víctimas del hambre en el país, ni sufrirán más el ultraje de las naciones (Ezequiel). 



Entonces haré volver a los deportados de mi pueblo Israel; reconstruirán las ciudades devastadas y habitarán en ellas… Yo los plantaré en el suelo y no serán arrancados nunca más del suelo que yo les di, dice Yahvé tu dios (Amós) 



He aquí que vienen días en que yo pactaré con la casa de Is-rael y de Judá una nueva alianza: después de aquellos días pondré mi Ley en su interior, y sobre sus corazones la escribiré, y yo se-ré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoc¬trinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, pues todos ellos me conocerán, del más chico al más grande, cuando perdone su culpa y de su pecado me olvide (Jeremías). 



Tales promesas se hacen inter¬minables en los profetas. Pero la Historia es testigo de que jamás se cumplieron (en realidad ocu¬rrió todo lo contrario). Eran sólo palabras de consuelo para un pueblo machacado y humillado por otros pueblos. . 



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EL FRACASO DE DIOS 



Los planes de Dios resultaron un rotundo fracaso. Sus seguido-res le desobedecieron, la guerra santa no fue un paseo triunfal, los castigos no sirvieron para nada, los rituales acabaron exas-perándole, sus promesas de feli¬cidad futura no se cumplieron, y la Alianza que con tan extraordinarios prodigios selló con Moisés en el Sinaí, tuvo que ser sustituida por otra nueva. El deseo de Yahvé de convertirse en una divinidad única universal, con la ayuda de su pueblo, tampoco llegó a realizarse. Fueron los cris-tianos los que tomaron el relevo y se encargaron de que desapa-recieran las divini¬dades paganas (con la imprescindible ayuda de los emperadores romanos convertidos). Con el paso del tiempo, llegó a ser el único, pero no en Oriente, donde había nacido, sino en el Occidente cristiano. Mien¬tras, el resto del mundo seguía y sigue lleno de miles de dioses. 
De todas formas, Yahvé, para reinar sobre sus nuevos segui-dores, tuvo que someterse a profundos cambios: perdió su pre-ciado Nom¬bre, del que se sentía tan orgulloso (ahora algunos le llaman Jehová), dejó de hablar a los humanos y de inmiscuirse en sus asuntos, re¬nunció a los sacrificios de animales y a los cas¬tigos y guerras santas (que dejó al arbitrio de sus adictos)... Prácticamente desapareció. Y para colmo, hubo de aceptar la desconcertante paradoja de seguir siendo el Dios de los israeli-tas y, al mismo tiempo, el de los cristianos. 



Creo que éstos, después de haber reemplazado a los israeli-tas, deberían preguntarse seriamente: ¿Qué pensará Dios de su antiguo pueblo elegido, con el que convivió casi mil años? ¿Los ha relegado para siempre o sigue siendo su divinidad y ellos su pue-blo elegido? 



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CONCLUSIÓN 




¿Qué dios es éste?, nos volvemos a preguntar. 
Hemos estado viendo, y no en toda su amplitud, la imagen de Yahvé que tienen los creyentes judíos y cristianos. Una imagen que me hirió profundamente y me llevó a la increencia. Pero me quedaba algo por hacer, responder a esta pregunta: Si Dios no puede ser así, ¿cómo es que está en la Biblia, quién lo ha puesto ahí? Y así llegamos a aquella interpretación, lógica y racional, que les prometí al principio: 



Nada de lo que hemos trascrito es verdad. 



El pueblo hebreo nunca fue "elegido" por ningún dios. 
La salida de Egipto, si fue cierta, no tuvo lugar rodeada de to-da la parafernalia divina con que se cuenta. 
No hubo ninguna Alianza, ni Decálogo, ni leyes comunitarias o cultuales procedentes de Yahvé. 
Yahvé no indujo a su pueblo a invadir Canaán, ni promovió una guerra "santa". Tampoco fue quien instauró la pena de muerte, ni aquello del ojo por ojo, ni castigó a nadie, ni era colérico, ni pun-tilloso, ni soberbio, ni trazó jamás un plan para convertirse en un dios único y universal rechazando como un maniático obsesivo a los otros dioses. Nunca exigió que se le ofreciera la sangre de cientos de animales ni se calmaba con el aroma de la carne que-mada. No tuvo nada que ver con reyes, sacerdotes o profetas. Etcétera, etcétera, etcétera. 
Entendidas las cosas así, Yahvé aparece depurado y totalmen-te limpio de antropomorfismos, absurdos y contradicciones. No creo que exista Yahvé (ni dios alguno), pero si hay tanta gente que quiere creer en él, prefiero que en sus cabezas anide esta última imagen. 



Fueron los autores hebreos de esos libros quienes lo colocaron allí: 



Las escuelas sacerdotales, los profetas y sus discípulos, algunos poetas, historiadores y políticos, incluso noveladores desconoci-dos. Y todo ello a través de unos setecientos años. 
Fueron ellos los coléricos, sanguinarios, soberbios y megalóma-nos. Ellos, los que odiaban a los otros dioses y se empeñaban en que el suyo fuese el único. Ellos, los que se contradicen en tantas ocasiones. Ellos, los que dictaron las normas de culto poniéndolas en boca del dios para justificarlas. Ellos, quienes idearon el De-cálogo y lo rodearon de temblores, fumarolas y fuegos volcáni-cos para asustar a la gente. Del mismo modo, y por la misma ra-zón con que introdujeron a ángeles y demonios en la vida del pueblo. Ellos los que revistieron la salida de Egipto de plagas y milagros, los que escribieron salmos para pedir castigos, quienes prometieron y volvieron a prometer, siglo tras siglo, un tiempo de felicidad para aquel desgraciado pueblo machacado una y otra vez por sus vecinos 



Pero si ese dios terrible fue creado por los israelitas, también fueron ellos los que concibieron al dios misericordioso y tierno, no cabe una tercera alternativa, esto sí, aquello no. Por lo tanto, la Biblia seria la obra de un grupo de escritores humanos que contaron la historia de su pueblo fantaseando con la intervención de una deidad tribal como el personaje primero y destacado, protector, legislador, político y guerrero. 



En fin, la pérdida de mi fe cristiana estaba consumada. 
Cuando seguí analizando minuciosamente el Nuevo Testamento, mi incredulidad no hizo más que confirmarse. Pero esa es otra historia que contaré otro día. 



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BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA 

Armstrong, Karen. Una historia de Dios. Paidós. 
Biblia de Jerusalén. Sus notas a pie de páginas son muy interesantes porque aportan numerosos datos históricos para situar los versículos en su contexto. 
Ceram, C. W. Dioses, tumbas y sabios. Orbis 
Cousin, Hugues. La Biblia griega. Verbo divino. 
Eliade, Mircea. Diccionario de las religiones. Paidós. 
Historia de las ideas y las creencias religiosas. Paidós. 
Friedman, Richard Elliot. ¿Quién escribió la Biblia? Martínez Roca Ed. 
Gerard, André-Marie. Diccionario de la Biblia. Muchnik. 
García Cordero, Maximiliano (teólogo católico). Problemática de la Biblia. BAC 
Grelot, Pierre. Los targumes. Textos escogidos. Verbo divino. 
Historia de las religiones. Siglo XXI. 
Miles, Jack. Dios. Una biografía. Planeta. 
Noah Kramer, Samuel. La historia empieza en Sumer. Orbis 
Vidal, César. Diccionario de las tres religiones monoteístas. Alianza. 

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